RELATOS DE ARQUITECTOS

Relatos de arquitectos: El poeta (III)

RELATOS DE ARQUITECTOS,  es una nueva serie de textos  compuestos por nuestros colaboradores que vamos publicar los viernes, en entregas semanales. Inauguramos la sección con los Relatos de la colección ochoxocho del arquitecto Julio Gómez-Perretta. El primero de ellos, titulado EL POETA, hoy en su tercera y ultima entrega, está incluido dentro de la serie de OCHO RELATOS FANTASTICOS, que conforman una de las cuatro partes de la colección. Al final del articulo podeis encontrar en enlace con el Blog personal de Julio Gómez-Perretta donde encontar el texto entero y más relatos interesantes.

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RELATOS DE ARQUITECTOS,  es una nueva serie de textos  compuestos por nuestros colaboradores que vamos publicar los viernes, en entregas semanales. Inauguramos la sección con los Relatos de la colección ochoxocho del arquitecto Julio Gómez-Perretta. El primero de ellos, titulado EL POETA, hoy en su tercera y ultima entrega, está incluido dentro de la serie de OCHO RELATOS FANTASTICOS, que conforman una de las cuatro partes de la colección. Al final del articulo podeis encontrar en enlace con el Blog personal de Julio Gómez-Perretta donde encontar el texto entero y más relatos interesantes.

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poeta -Comprendo lo que dice abuelo y es posible que tenga razón. Pero entonces, porque me hastía tanto contemplar a la gente afanándose en sobrevivir cada día, deslomándose de la mañana a la noche, haciendo siempre lo mismo, trabajando como mulas. Y sin embargo le admito que  parecen felices y se agarran a la vida con todas sus fuerzas. Yo no puedo ser así.

  -Usted es un artista y debe de vivir como tal, es más sensible y tiene más profundos sentimientos, pero esa fuerza interior mal dirigida puede agotarle sin remedio. Usted sabe crear cosas y sabe mirar lejos, hágalo usted hacia afuera no hacia adentro y así tal vez llegue hasta ellos, los demás, los otros, que son en esto de la vida compañeros. Sin su afecto nada vale, todo es estéril. Pero no se apure, tal vez no sea su virtud saber jugar con las palabras, quizá esta vida tan intensa embota sus sentidos, vuelva usted al principio, perciba usted de nuevo lo sencillo y tal vez en sus manos y no en su boca esté el secreto de su oficio, su genio de artista.

 -Pero abuelo, ¿Merece de verdad la pena esa vida real que usted me cuenta? Dolor y muerte, esfuerzo y sacrificio,  y la carne que es tan solo sudor y sangre y la pena y la traición y la suciedad y el estiércol... yo aquí muchas veces toco el cielo.

 -Y el infierno. Le pongo a usted una sola tarea: vivir.  Salga usted de esa prisión y para ello debe de estar atento, a lo que ve y a lo que hace, al olor de esta flor, al tacto de esta madera bien trabajada, al roce de una piel amada, a la mirada sorprendida de un niño, a la luz increíble de un atardecer, al trabajo de cada día, y porque no, a la pasión que nos domina un instante.  

 Sí, vivir es formidable y pensar la vida sin embargo es desperdiciarla sin sentido. Querido amigo, sumérjase en ella, deje de contemplarla, y nada será como usted cree.

 -Tengo miedo abuelo, no sé qué va a ser de mí, soy un fracasado.

 -Tonterías y pamplinas. Ese  pánico está en su mente y se ha instalado allí porque usted  anticipa lo que va a ocurrir y esa visión, que solo está en su cabeza, le aterra.

 Amigo mío, el hombre está perdiendo esa animalidad espontanea que le hacía enfrentar la vida con decisión y valor. Si el antiguo guerrero imaginara la noche anterior a la batalla la terrible muerte que le espera, saldría corriendo como un conejo.

 El hombre ha cambiado, ustedes los jóvenes románticos de hoy anticipan  el futuro, y por eso la melancolía de nuestros poetas será mañana el mal a combatir, la pena del hombre deprimido. Tiempo, tiempo para pensar y anticipar los males que vendrán, esa va  a ser la condena del hombre moderno en los siglos venideros.  Ese hombre pensante imaginará por la mañana lo que por la noche no llegará a ocurrir y tendrá males imaginarios y le dominará la pasividad y la inacción del cobarde y el pánico no le dejará disfrutar de la vida, y morirá virgen, sin degustar lo que el mundo nos ofrece. Negarse a morir es pues la peor de las muertes, ¡Ay amigo! Tal vez esa sea la triste causa del fin de nuestra especie, no el ansia de elevarse como Ícaro, no la pasión del héroe que lucha por su vida, ni la intrépida búsqueda de la fortuna, sino tan solo eso, pánico y aburrimiento.

 Solo puedo, joven amigo, darle un consejo, salga de aquí, abandone esta ciudad, olvídese del arte por el momento  y luche, ame, trabaje hasta extenuarse, revuélquese en el barro de la vida y tal vez luego comprenda lo que sus manos saben crear con esa arcilla.

   Su pueblo junto al mar le espera.

 -¿Para qué? ¿Con que objetivo y con qué fuerzas?

 -Ve, ya está usted de nuevo anticipando, previendo, imaginando, valorando. Su único objetivo ahora, es estar aquí conmigo, vaya paso a paso, y luego deje que hable con usted la vida...pero mire, por ahí viene mi mujer y los nietos, ¡Como corretean a su alrededor!

 

  Jean Marie ve acercarse a una anciana menuda y a tres niños que le acompañan. Están solos en el parque, y a pesar del frío que aún siente, los críos van vestidos con ropas veraniegas, infantiles, de marinero.

 -Hola mujer ¿Cómo estás? ¿Qué tal has dormido? Salí temprano está mañana y me encontré a éste joven acurrucado en nuestro banco. Se ha zampado el chocolate y ahora parece que el color le vuelve a las mejillas.

 -¡Hola! Soy Marie, ¿Como está usted? Este muchacho parece un pajarillo que se ha caído del nido. Mire, aquí traigo algo más de chocolate ¿Quiere usted?

 -No señora, muchas gracias, yo estaba a punto de irme, y su esposo ha sido muy amable, pero…

 -¡Quédese un rato más! ¡Dele algo de conversación al pobre!-dice señalando a su marido- es un viejo parlanchín y se aburre aquí solo con nosotros, yo aún tengo mis labores y el ganchillo pero él aquí en Paris no tiene su taller, ¡Ay!  Ni tampoco su mar... Pero ¿Dónde van los niños? Perdone joven, son traviesos, ¡Maurice, Jean Luc, Marie no corráis!

   Y la anciana se pierde entre los árboles, trotando torpemente tras ellos.

  -Ya ve, es mi mujer, llevamos casados muchos años, algunos buenos, otros no tanto, que así es este juego, pero es mi fiel compañera y no sabría hacer nada sin ella. Yo soy un desastre para la casa, un despistado, un abstraído, y ella es todo lo contrario. No me quejo de mi vida, y no ha sido fácil, créame.  

  Pero, ahí van esos niños ¡Como hacen rabiar a su abuela! Ellos son el porvenir y nuestra obra. No me mire así, yo siento la obligación de devolverle a la vida lo que me ha dado, y eso en definitiva son los hijos, y los hijos de nuestros hijos, ese es el peaje justo que hemos de pagar por ella.

     Aquellos que no lo comprenden, los que guardan solo para sí este don de la existencia, son como terrenos baldíos, mies agostada y marchita, que jamás sentirá la dicha plena de sentirse parte del torrente continuo de la vida.

  Me mira usted ausente, sus ojos reflejan desgana, pero vuelvo a decirle que el tedio que usted siente ahora, en este instante, cuando piensa en su futuro, es fruto tan solo del momento. Le aseguro que su corazón saltará de felicidad cuando nazca su primer hijo.

 -Parece que es usted adivino.

 - No crea joven, todo lo que le digo lo sabe usted también, aunque no sepa que lo sabe. Hágame caso muchacho, no pierda  tiempo, váyase de aquí y vuelva a su lugar.

 -Le agradezco mucho sus palabras, abuelo. Ahora le puedo confesar que esta mañana era el Sena mi destino.

 -Lo sé perfectamente.

 -¿Lo sabe? ¿Me conoce? ¿No recuerdo...? ¿Porqué tanto interés?

 -Joven amigo, no hay nadie más interesado en su vida porque también es la mía, usted es real, yo solo soy su incierto destino, lo que usted será sin decide continuar. Y si al final sucumbe a su pesar yo no tendré lugar, ni tampoco esa mujer, ni esos niños podrán corretear...

 

 

    Jean Marie Bourdiol, el poeta, está sentado en aquel banco del jardín de Luxemburgo. Abre los ojos cansado y no ve a nadie junto a él; su mano recorre lentamente el blando perfil de sus labios, luego mira sus dedos manchados de chocolate y sonrie.

  Ahora el sol ha vencido por fin y el calor que sube húmedo del suelo, y la fragancia que emana embriagadora de begonias y azaleas indica que por fin llegó la primavera y ya se oyen gritos infantiles y la gente avanza alegre por las veredas.

      El poeta vuelve a casa.

 

     FIN

 

RELATO COMPLETO EN EL BLOG: http://deochoenocho.blogspot.com.es/

 

julio gomez perrettaAutor: Julio Gómez Perretta de Mateo

 

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