EVOLUCIÓN - SIGLO XX

Los mejores edificios de cristal en Europa

Después de mostrar los orígenes de la arquitectura de cristal, que surge paralelamente al  empleo de las estructuras de acero, a mediados del siglo XIX, vamos a ver en estos próximos artículos cuales han sido los edificios considerados emblemáticos por su calidad e innovación.

Los mejores edificios de cristal en EuropaTorre Castelar, Rafael de la Hoz

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Después de mostrar los orígenes de la arquitectura de cristal, que surge paralelamente al  empleo de las estructuras de acero, a mediados del siglo XIX, vamos a ver en estos próximos artículos cuales han sido los edificios considerados emblemáticos por su calidad e innovación.

La arquitectura moderna, que surge fundamentalmente en Alemania y Francia en los momentos previos a la segunda guerra mundial, se desarrolla plenamente en los Estados Unidos de la posguerra. Mientras nuestro continente se lame las heridas de un conflicto que ha destruido por completo las economías nacionales, los Estados Unidos disfrutan de tres décadas prodigiosas. Son los arquitectos europeos, emigrados al nuevo continente los que ponen en práctica las ideas de preguerra, en una fructífera simbiosis entre creatividad europea y financiación americana.

Podemos decir que es a partir de la década de los setenta y ochenta cuando Europa empieza a construir arquitectura moderna con tecnologías realmente avanzadas.

La tecnología del vidrio comienza por el desarrollo del muro cortina, es decir, la fachada se concibe como un ente independiente de la estructura, formado inicialmente por acero y posteriormente por aluminio extrusionado.

Podemos citar al estudio de Piano&Rogers con ejemplos tan conocidos como el Centro Pompidou de París, concebido como un contenedor tecnológico que soporta una intensa dinámica cultural. Su estructura es su estética, su piel, simplemente cristal, de forma que todo en él es transparente. De Rogers es también la sede de Lloyds en Londres de 1978.

Otro edificio emblemático es el Instituto del Mundo Árabe de Jean Nouvel, junto al Sena, en París. Su aportación más importante es que superpone al muro cortina una enorme celosía de estética  islámica pero de una tecnología muy compleja ya que los elementos metálicos móviles que la componen se abren y se cierran en función de células fotoeléctricas que suministran la información sobre la incidencia de los rayos solares.

Durante muchos años se ha considerado la Torre Castelar, de Rafael de La Hoz en el Paseo de la Castellana de Madrid, como el edificio moderno más bello de España. La combinación de una estructura hipervolada, apoyada en un núcleo central de hormigón armado con la utilización de dobles pieles de cristal produce un efecto de gran elegancia.

En el Paseo de la Castellana se alza también otro edificio emblemático, la central del BBVA del arquitecto Francisco Saenz de Oiza. Es el ejemplo contrario. Frente a la inmaterialidad de la Torre Castelar, Oiza opta por darle presencia al muro cortina oscureciendo el cristal y combinándolo con el acero corten. La sutileza de las pasarelas de mantenimiento, que provocan un efecto relieve fugado, es el complemento perfecto. Estructuralmente, aunque no se aprecie demasiado en la fachada, las plantas se agrupan de cuatro en cuatro, de forma independiente.

Del arquitecto Pei son dos obras emblemáticas que dan paso a la nueva tecnología de fachada suspendida con estructuras de arañas de acero tensadas. Con este sistema, la perfilería metálica se minimiza extraordinariamente y las láminas de cristal se convierten en autónomas. Hablamos de su edificio para el Parque de la Villete y la pirámide del Louvre, ambas en la ciudad de Paris.

 

Con estos ejemplos llegamos a la década de los noventa y primeros años del siglo XXI, momento en el que la ciudad europea decide por fin aceptar en su estructura urbana la presencia de los grandes edificios en altura: los rascacielos. Pero eso será otro artículo

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