HISTORIA DE LA ARQUITECTURA

La Torre del Banco de Bilbao de Saénz de Oiza

El arquitecto español Francisco Javier Saénz de Oiza diseñó una de las torres más emblemáticas del Paseo de la Castellana en Madrid. El proyecto es fruto de un concurso restringido celebrado en 1971 al que se invitó a participar a grandes arquitectos españoles como el propio Oíza, Corrales y Molezún, Coderch o Fernández Alba, entre otros. El proyecto se desarrolló en 1972, comenzó a construirse en 1974 y se finalizó en 1981.

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El arquitecto español Francisco Javier Saénz de Oiza diseñó una de las torres más emblemáticas del Paseo de la Castellana en Madrid. El proyecto es fruto de un concurso restringido celebrado en 1971 al que se invitó a participar a grandes arquitectos españoles como el propio Oíza, Corrales y Molezún, Coderch o Fernández Alba, entre otros. El proyecto se desarrolló en 1972, comenzó a construirse en 1974 y se finalizó en 1981.

El resultado, un edificio estética y conceptualmente magistral, una de las obras maestras de Saénz de Oiza. Un hito de los años 70 que comenzó a utilizarse a principios de los 80.

El edificio está situado sobre los túneles del ferrocarril que recorre la Castellana, éste era un condicionante previo a partir del cual se diseñó la torre. Tuvo que salvar la bóveda de los túneles sin tocarla, por ello toda la estructura apoya en dos grandes núcleos de hormigón armado a caballo a ambos lados de dichos túneles. Los ingenieros que calcularon la estructura fueron Carlos Fernández Casado, Javier Manterola Armisen y Leonardo Fernández Troyano.

Por el interior de estos dos núcleos verticales de hormigón armado que sustentan todo el edificio, circulan los ascensores. Estos núcleos sujetan las grandes plataformas de hormigón pretensado que se disponen como bandejas cada cinco plantas. Entre cada una de estas plantas se disponen cinco pisos de estructura metálica, el último de los cuales, bajo la siguiente plataforma de hormigón, queda totalmente libre, sin pilares. Esta secuencia se manifiesta en la fachada con una doble altura cada cuatro pisos.

Las plantas son diáfanas, libres y abiertas en torno al núcleo central de ascensores, escaleras y servicios, salvo por la estructura metálica, permitiendo distribuir el espacio según cada necesidad.

La torre, que supera los 100 metros de altura, tiene más de treinta plantas y es de planta rectangular. La fachada se resuelve mediante una piel continua de cristal redondeada en las esquinas, permitiendo lanzar vistas al exterior desde cualquier punto, sin interrupción. Sobre la piel de cristal pasarelas y parasoles de acero corten que organizan rítmicamente la fachada, éstos son los que le dotan de su color característico, el llamativo ocre, cada vez más intenso, debido a la oxidación progresiva del material.

                    © Imágenes Baltanás y Sánchez

Referente a su edificio los autores dijeron: "Nuestro problema es el de un contenedor homogéneo, sin calidad de objeto visual. La respuesta a la movilidad de su organización interior y el confort fisiológico, constituyen y fundamentan nuestra forma..."; "Libertad de organización interior que es la clave de la vida del edificio de oficinas en su desarrollo". 

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