GRANDES MAESTROS

El Museo Nacional de Antropología, un hito de la arquitectura moderna mexicana

El arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, en colaboración con Jorge Campuzano y Rafael Mijares, proyectó en los años sesenta una de las obras arquitectónicas que se ha convertido en referente de la arquitectura moderna mexicana, el Museo Nacional de Antropología, con una sutil mezcla de formas abstractas, referencias a la arquitectura precolombina y una gran monumentalidad.

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El arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, en colaboración con Jorge Campuzano y Rafael Mijares, proyectó en los años sesenta una de las obras arquitectónicas que se ha convertido en referente de la arquitectura moderna mexicana, el Museo Nacional de Antropología, con una sutil mezcla de formas abstractas, referencias a la arquitectura precolombina y una gran monumentalidad.

El Museo Nacional de Antropología de México se ubica en una posición estratégica en el bosque de Chapultepec. Con sus 45.000 metros cuadrados de superficie y sus 22 salas dedicadas a las colecciones arqueológicas y etnográficas, es uno de los museos más importantes del país.

El proyecto se debe a un arquitecto emblemático de la modernidad mexicana, Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013), que contó con la colaboración de Jorge Campuzano (1931) y Rafael Mijares Alcérreca (1924-2015), con los que estuvo asociado durante treinta años. Las obras se iniciaron en febrero de 1963 y se concluyeron 19 meses después, inaugurándose el 17 de septiembre de 1964.


Fotografía de Dan Gamboa

A partir de una relectura de las tradiciones de la arquitectura precolombina, actualizó antiguas soluciones espaciales con un enfoque moderno, recurriendo a materiales y técnicas contemporáneas. La piedra, como material tradicional, aporta un carácter monumental y significativo a la construcción, empleándose con tratamientos y acabados diversos. Junto a ella, sobresalen los grandes paños de vidrio y sus protecciones de aluminio.

El museo se disgrega en volúmenes independientes dispuestos alrededor de un patio central, continuando con la tipología maya de patios o grandes vacíos rodeados de edificaciones. Los espacios se engarzan en un recorrido abierto que permite la circulación libre y fluida de visitantes. Una concatenación de salas y espacios abiertos ameniza y permite la expansión de los usuarios, en contra de las tradicionales galerías expositivas cerradas.

El acceso se realiza a través de una gran explanada de aproximación, que pone en relación el bosque con la edificación. La monumentalidad se consigue gracias a la gran dimensión de los muros de delimitación, la piedra de su construcción y la gran caja, forrada de mármol blanco, que remata la entrada con los emblemas nacionales (el águila y la serpiente), del escultor José Chávez Morado. El acristalamiento inferior continuo invita a traspasar el umbral y entrar en el museo.


Fotografía de Dan Gamboa

Desde el vestíbulo se accede a la biblioteca (ala izquierda), a las áreas de investigación (ala derecha) y al gran patio central, verdadero corazón del museo, donde se realiza la circulación perimetral de acceso a las distintas salas. Concebido como un gran vacío, presenta reminiscencias claras a la gran monumentalidad que los pueblos precolombinos otorgaban a los espacios ceremoniales sagrados de remarcada simetría.


Fotografía de James Florio

El patio posee dos ámbitos muy diferenciados. Por un lado, una gran zona abierta caracterizada por un estanque, como recuerdo del pasado lacustre de la ciudad de México. La escultura de Iker Larrauri, El sol del viento, formalizada como un cascarón de bronce, emite sonidos que rememoran instrumentos musicales indígenas.

Por otro lado, se delimita un gran espacio exterior cubierto por una superficie con forma de paraguas. Frente a la luminosidad y los reflejos del estanque, el paraguas opone un lugar umbrío, protegido del sol y la intemperie.

Fotografía de Dan Gamboa

Su escala, sus dimensiones y su configuración otorgan a este espacio acotado un carácter simbólico, emblema del museo. La cubierta, soportada por cables, cuelga sobre una superficie de 4400 metros cuadrados. En el centro del espacio se alza una columna, casi como un mástil, que enfatiza una caída libre de agua a su alrededor. Su aspecto aislado recuerda la idea de tótem.


Fotografías de James Florio

La columna, revestida de bronce, presenta unos relieves escultóricos realizados por los hermanos Chávez Morado. La obra, titulada Imagen de México, se descompone en cuatro vistas frontales según los puntos cardinales, y recurre a emblemas y símbolos nacionales, mitos mayas y referencias a la cultura mexicana.


Fotografía de Dan Gamboa

Las salas de exposición, dispuestas de manera rítmica alrededor del patio, permiten su funcionamiento de manera independiente. Las visitas pueden ser enfocadas desde múltiples posibilidades, a partir de un circuito continuo o, bien, de manera aislada seleccionando salas, dependiendo del tiempo disponible o el interés de la exposición. El recorrido de visita retorna, una y otra vez, al vacío del patio, mezclando exposición con espacios de distensión y esparcimiento, lugares exteriores ajardinados, permeables hacia el bosque próximo.


Fotografía de Dan Gamboa

Los volúmenes estratifican en dos niveles las colecciones expuestas, reservando la planta baja para la antropología y la planta alta para la etnología, en una separación rotunda de ambientes. Si la piedra y el hormigón unifican los muros y la planta baja, las superficies acristaladas, protegidas por celosías, definen la imagen del nivel superior.


Fotografías de Dan Gamboa

La doble piel metálica protege de la radiación directa, consiguiendo, a la vez, la unificación de la imagen exterior de los volúmenes que vuelcan sobre el patio central. Su aspecto quebrado y alternante produce efectos cinéticos en el visitante que la observa conforme se mueve entre las salas. Las reminiscencias al Op Art serían nuevamente utilizadas por Pedro Ramírez en los diseños gráficos que elaboró para las Olimpiadas de México 1968.


Fotografías de Dan Gamboa

La celosía de aluminio está inspirada en la figura de las serpientes, un animal de gran carga simbólica para las culturas prehispánicas, diseñadas de forma abstracta y geométrica por el escultor Manuel Felguérez.


Fotografías de James Florio

El museo se caracteriza por una arquitectura icónica de formas abstractas que, a la vez, trae remembranzas de imágenes tradicionales y tipologías precolombinas, realizadas a partir de técnicas contemporáneas, estructura metálica y elementos de hormigón. Sobresale el tratamiento dado a la luz, la escala y los materiales. La imagen global de la edificación se completa con la inclusión de obras plásticas de artistas mexicanos que introducen una identidad propia y muy definida.


Fotografía de Dan Gamboa

El impacto del edificio en la sociedad mexicana fue inmediato, con visitas masivas, llegando al récord de 25000 visitantes en un solo día. En 1965, Pedro Ramírez Vázquez conseguía la Medalla de Oro de la Bienal Internacional de Arquitectura de São Paulo, por el Museo Nacional de Antropología, como primer reconocimiento a una larga trayectoria arquitectónica, elegante y sencilla, en cierta medida, exuberante, con ciertos alardes estructuralistas, de connotaciones expresivas y monumentales, que perseguía la integración de las artes y la libertad de lo que sería la segunda generación de la modernidad.


Fotografía de James Florio

Fotografías de James Florio y Dan Gamboa

https://www.mna.inah.gob.mx/

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