GRANDES MAESTROS

Arquitectura cubana antes de la revolución: la obra de Max Borges Recio

En el contexto cosmopolita y progresista de La Habana de la década de los años cincuenta, la figura de Max Borges Recio destaca como uno de los principales arquitectos que introdujo el movimiento moderno en la arquitectura cubana, realizando el legendario cabaré Tropicana.

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En el contexto cosmopolita y progresista de La Habana de la década de los años cincuenta, la figura de Max Borges Recio destaca como uno de los principales arquitectos que introdujo el movimiento moderno en la arquitectura cubana, realizando el legendario cabaré Tropicana.


Como hijo del ingeniero y arquitecto cubano Max Borges del Junco (1890-1963), que llegó a ser Ministro de Obras Públicas, la posición familiar acomodada de Max Borges Recio (1918-2009) le permitió graduarse en el Georgia Institute of Technology (1939) y estudiar en la Harvard Graduate School of Design (1940). A su vuelta a La Habana, ingresó en el estudio de su padre donde desarrollaría, principalmente, arquitectura residencial. Sobresalen las casas de Santiago Claret (1941), de Martín Fox (1941), de Paula Maza (1946), o la suya propia (1948), construida en Miramar con aires corbusierianos.






Fotografía de Caterina Zanni



Sus primeras obras se caracterizan por su adscripción al racionalismo y una estética vinculada con el movimiento moderno, con volúmenes sencillos, ventanas alargadas y acabado blanco. Con apenas 30 años, proyecta el Centro de Medicina y Cirugía de El Vedado (actualmente Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía). Siguiendo las corrientes higienistas, consigue la máxima ventilación y soleamiento del edificio colocándolo en diagonal sobre una parcela triangular de esquina en la calle 29, alejándolo del frente urbano edificado.









El programa separaba las habitaciones para enfermos, salas de operaciones y servicios generales, colocados éstos en la última planta para alejar olores, humos, ruidos e insectos del resto de usos. La forma longitudinal de la edificación se contrastó con un volumen ciego y vertical en fachada, que remarca la entrada de ambulancias. Su modernidad formal y las instalaciones empleadas convirtieron el edificio en un hito de su tiempo, por el que Max Borges recibió la Medalla de Oro del Colegio Nacional de Arquitectos de Cuba en 1948.





La arquitectura residencial que desarrollará seguirá unas líneas cada vez más depuradas, sin concesiones ornamentales. En los bloques de apartamentos, la variación en la posición e inclinación de los balcones introduce dinamismo en sus fachadas, como las formas casi poliédricas que logra en el edificio de Ildefonsa Someillán (1950), en San Lázaro y Hospital, o la descomposición volumétrica conseguida con el vuelo de los balcones en el edificio de la calle I nº 506 en el Vedado, y en el edificio Partagás (1954), calles 23 y 16, también en El Vedado, proyectado junto a su hermano Enrique.




Fotografía de Fariña Arquitectos







La colaboración con Félix Candela (1910-1997) contagió la obra de Max Borges, que iniciaría una serie de proyectos en los que experimentó con soluciones estructurales cada vez más audaces, recurriendo al empleo de láminas delgadas de hormigón armado. En el caso de la floristería Antilla (1956), en la calle 23 de El Vedado, o en el Banco Núñez (1957), unas cajas minimalistas de vidrio se cubren con bóvedas de formas piramidales invertidas.







En el panteón para la familia Núñez Gálvez (1956), en el cementerio Colón de La Habana, a un volumen prismático recubierto de mármol le antecede una cubierta plegada de hormigón, revestida de mosaico dorado, que funciona como elemento de protección remarcando la entrada a la edificación funeraria. Las piezas, con la única excepción de la cruz que remata la cubierta, han sido despojadas de todo elemento escultórico o decorativo, primando su desnudez y ligereza.






Fotografías de Zenaida Iglesias Sánchez



Los experimentos formales con las láminas de hormigón tienen un ejemplo significativo en el Club Náutico (1953), del distrito de Playa, La Habana. Se trata de una sucesión de bóvedas escalonadas a distintas alturas, que introducen la luz sin permitir la entrada del sol en su interior. El carácter pesado y masivo de la estructura enfatiza su resistencia frente a huracanes y tormentas tropicales.




Fotografía de Rafael Marxuach





Fotografía de Vega MG





Fotografía de Werner Paulok





De toda la obra de Max Borges, indiscutiblemente, es el cabaré Tropicana (1952) la más destacada. Esta mítica sala de fiestas y club nocturno se ubica en Marianao (La Habana). El edificio se conforma como un gran espacio vacío cubierto mediante bóvedas de hormigón armado, colocadas a alturas variables, que se unen mediante diafragmas de vidrio, denominados “arcos de cristal”.




Fotografía de J. Alex Langley



La cubierta del volumen logra una perfecta sensación de ingravidez, generando una imagen con un alto grado de sofisticación. El espacio acotado permitía la colocación de 1700 asientos dando lugar a una enorme sala de espectáculos, emblema de la cultura del placer y el consumismo de la década de 1950. Un arco de proscenio plegable, una iluminación espectacular, una innovadora instalación de sonido, una orquesta y un buen espectáculo eran el complemento perfecto.







A parte de un casino propio, el local contaba con un club al aire libre, donde Max Borges diseñó una estructura metálica de superficies hiperbólicas para cubrir el escenario. La ligereza y las formas onduladas combinaban a la perfección con la música y los espectáculos de baile.




Fotografía de The Wolfsonian-FIU



Identificado como un “paraíso bajo las estrellas”, el Tropicana fue galardonado con la Medalla de Oro del Colegio Nacional de Arquitectos de Cuba en 1953, y fue uno de los cinco edificios cubanos seleccionados por Henry-Russell Hitchcock para la exposición Latin American Architecture since 1945, celebrada en el MOMA de Nueva York, en 1955.





La suntuosidad del espacio del Tropicana fascinó a estrellas y celebridades de todo el mundo, atrayendo esmoquin y diamantes. Su éxito fue tal, que la Compañía Cubana de Aviación estableció, en 1956, el “Tropicana Special”, el primer vuelo chárter semanal, posteriormente un viaje diario de ida y vuelta, a Miami. De esta manera, estaban al alcance de casi todos las noches de ensueño del Tropicana, regresando a Estados Unidos a las 4 de la mañana del día siguiente. Las modernas Cenicientas de la alta sociedad sustituían el carruaje por el avión.





El cine ha inmortalizado el local gracias a la película de Carol Reed, Nuestro hombre en La Habana (Our Man in Havana, 1959), rodada poco antes del triunfo de la revolución de Fidel Castro. En 1959, Max Borges se exiliaba en Estados Unidos, estableciéndose con su familia en Virginia. Al igual que él, otros arquitectos que trabajaban dentro de los parámetros de la modernidad abandonaban Cuba, como Ricardo Porro, Mario Romañach, Nicolás Quintana, Manuel Gutiérrez o Frank Martínez.





Se cerraba, así, uno de los capítulos más interesantes del panorama arquitectónico cubano de la modernidad y la vanguardia, alcanzado gracias al desarrollo de las industrias azucareras y el turismo de la década de 1950. Quedarán en el recuerdo las noches del Tropicana, un lugar mítico y una arquitectura legendaria, símbolo del glamur de La Habana prerrevolucionaria.



Fotografías de Caterina Zanni, Fariña Arquitectos, Zenaida Iglesias Sánchez, Rafael Marxuach, Vega MG, Werner Paulok, J. Alex Langley y The Wolfsonian-FIU

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